jueves, 2 de abril de 2009

CORAZÓN HERIDO PERO BATALLADOR

Esperaba con mucha intranquilidad las 4 de la tarde. Luego de dos horas, me imaginaba saltando de emoción, de algarabía por un triunfo aliancista. Sin embargo, otra sería la actitud luego de haber transcurrido ese lapso. Solo albergaría en mí, desazón y rabia. “Hicieron todo en la cancha, pero les faltó meter el balón en el arco contrario”, les decía a mis familiares para defenderme de sus burlas y críticas. No era para menos. Fueron testigos de lo que hice para ver el clásico peruano número 322, aunque sea por televisión.


Luego de las seis de la tarde, aún con la sensación calurosa, mi corazón sangraba azul luego del punzón que los de Universitario ejecutaron. Fue una acción desafiante, dañina y burlesca de los dirigidos por el novel entrenador Juan Máximo Reynoso. Era como si alguien entrara a tu casa y se llevara lo más preciado, en presencia tuya.


Corrían las primeras horas del domingo 22 de marzo. Desde hacía una semana los comentaristas deportivos desempolvaban su mejor artillería para disparar al enemigo. Los diarios presentaban sus mejores crónicas en torno al choque de los “compadres”. Los jugadores de Alianza Lima y Universitario se volverían a ver las caras. En este tipo de choques la amistad quedaría relegada.
Alianza Lima venía con la moral por los suelos. Venía de perder tres puntos, en su casa, por la quinta fecha del torneo descentralizado. Universitario, por su parte, tenía los ánimos muy elevados. Su viaje por México no fue en vano. Le había arrebatado un punto en los últimos minutos al San Luis mexicano por Copa Libertadores (2 a 2 resultado final).

Pese al desbalance anímico y estadístico, en un clásico, solo valía jugar. Teníamos que aguardar el término del partido porque en un choque como estos, no hay pronóstico que valga.

Desde muy temprano del domingo, mi intranquilidad se elevaba por escuchar el pitazo inicial del señor Víctor Hugo Carrillo, designado para conducir tan vibrante encuentro. 9 y 30 de la mañana y había que revisar el periódico. El suplemento deportivo había que ojearlo instantáneamente y enterarme de lo que escribían los periodistas. Los columnistas resaltaban a la figura, a su parecer, de cada equipo. Las notas informativas daban a conocer los comentarios picantes de los protagonistas.


Ni bien la agujas del reloj indicaron las tres de la tarde, había que partir rumbo al lugar en la que iba apreciar el partido. No me dirigía al estadio Alejandro Villanueva. No. Había que viajar cerca de una hora hacia la casa de un familiar para poder ver el partido desde una tv.


Cuando bajé del bus eran ya las 4. Había que caminar cuatro interminables cuadras para llegar y posarme frente al aparato. El sol me irradiaba fuertemente sin piedad. Tal vez me anunciaba un mal presagio. “El partido ya comenzó, maldición”, me decía, “maldito carro que venía parando a cada instante”. Necesitaba estar frente al televisor minutos antes del inicio del choque. Sólo así podía sentirme más hincha que nunca sin estar presente en el mismo Matute.


Corría por una pista auxiliar. El sol me seguía. El viento trataba de quitarme la gorra. Trataba de cuidarme de que algún canino saliera a mi encuentro. Mi tensión se acrecentaba geométricamente tras cada zancada. Me faltaría el aire a unos metros de llegar, pues, no era para menos (por ver jugar a mi equipo) había corrido como si fuese a ganar una medalla olímpica.


Tocaba brusca y rápidamente la puerta. El comentarista describía el ambiente que se vivía en el estadio. La emoción de los hinchas que alentaban a su equipo en el escenario se hacía sentir tras la puerta. En el ambiente pequeño se encontraban tres familiares. Me senté en el sofá. No me importó ensuciarlo con el sudor que produje. Jadeaba. Por suerte, la única mujer que se encontraba viendo el partido, se compadeció de mí y me alcanzó un vaso con agua.


El partido se inició. A decir de los sabedores de este deporte, el orden y la emoción se pusieron en marcha con la finalidad de ganar. El equipo aliancista, dirigido por el argentino Gustavo Costas trataba de gobernar el juego con ritmo, actividad, intensidad y atrevimiento. Eso no le bastó.
Por su parte, Universitario fiel al estilo de Reynoso, se mostraba esquemático. Muy defensivo. Esperaba que los “íntimos” hicieran el desgaste para contragolpearlos y “matarlos”.


Mi expectativa, deseos y ganas por ver el gol aliancista hacían que tras cada jugada de peligro gritara hasta quedarme sin voz. El sofá luego de este partido nunca más querrá acogerme. Saltaba, me paraba, me sentaba bruscamente sobre él; le tiraba sus cojines. Todo por ver un gol del equipo de mis amores.


El sofá sí que me odiaría luego de ver cómo Wilmer Aguirre se perdió el gol. El gol, tal vez, de la victoria y para La Victoria. Sobre la media hora inicial, un excelente pase de taco de Montaño y Aguirre, solo, solito frente al arquero. Y nada. Aplausos para el arquerito y pifias y mentadas de madre para el Zorrito. Más adelante, esta oportunidad jamás se le volvería a presentar a los locales. El 0-0 se mantendría hasta la media hora del segundo tiempo; cuando, luego del centro de Nolberto Solano, un defensa llamado John Galiquio metiera su cabeza y mandara el balón al extremo izquierdo del arco aliancista.


La tarde se oscureció en el Matute y el cuarto pequeño en el que me encontraba, más que oscuro se volvió sombrío. Quedaban 15 minutos para concluir el encuentro, sin embargo, mi corazón albergaba una esperanza. Esperanza que se fue consumiendo segundo a segundo que pasaba y no se conseguía, al menos, el empate.


Debo reconocer que Universitario jugó un partido inteligente desde lo táctico, pero Alianza fue más desde lo emocional; claro, jugaba en su casa.


Han transcurrido 81 años desde el primer clásico jugado un 23 de setiembre. Aunque con esta nueva derrota (estadísticamente con leve ventaja victoriana), mi fervor por Alianza Lima estará siempre en los siguientes clásicos. Sin duda, esta vez, el orden le ganó al corazón.

Escribe: Víctor Alan Lluen Gamarra

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