Todo está ordenado: la sala, el comedor, los cuartos, el baño. Todo huele a limpio y ordenado pero tras el silencio de la inmensa vivienda se inhala una atmósfera lúgubre como presagiando lo peor. Las luces las han apagado y la sala solo se ilumina por los destellos del televisor encendido que hacen sentir la soledad de mi madre recostada en un mueble. Falta muy poco y los relojes marcarán las seis de la tarde. Es la hora en la que mis padres y yo, y tal vez algunos familiares recibiremos una visita.
Prefiero que no llegasen algunos familiares o que no salgan de donde se encuentran porque amilanaría e intimidaría a nuestra visitante que aún no los quiere conocer. Prefiero ese escenario para complacerla. Ella debe conocerlos de manera progresiva e inesperada. Nada debe ser abrupto para un carácter expresivo y a la vez tímido.
Nada de invitaciones a reuniones solemnes ni formales. Nuestra visitante prefiere la rígida espontaneidad.
Todo está ordenado y listo en la cocina para sorprender a nuestra visitante en el momento de la cena. Comúnmente todo está ordenado en esta casa. Pero hoy debe ser una obligación de las cosas estar en el lugar que les corresponde. Todo se tiene que ver bien ante los ojos luminosos de nuestra visitante.
La cena tendría que ser una sorpresa para ella. El orden, la espontaneidad y la comunicación deben resaltar esta noche. Son esos elementos que ella siempre ha pregonado y actuado.
Son ya las seis de la tarde y mis familiares que debieron no estar, al menos hoy, están. Cada uno sale de su habitación luego de una siesta vespertina y se acomodan en los muebles desgastados para despertarse de su aún somnolencia y recuperar el aliento frente al televisor que transmite un programa popular.
Nuestra visitante llegará en cualquier momento. Encontrará a otras personas que en su imagen metal no deberían estar. En esa imagen solo están papá, mamá y yo, y tal vez mi hermana mayor. Pero ahora encontrará a tíos, primos y sobrinos.
Me empiezo a inquietar. Esa escena no puede estar configurándose. Ya son las seis. Se acerca nuestra visitante. Ubicará la casa y tocará la puerta. Y al abrirla se amilanará con tantos rostros que no estaban en su imagen mental y que aún no los quiere conocer.
Me fastidio más por esa escena asfixiante.
Son las seis y dos minutos y sabemos que nuestra visitante nunca vendrá. Tal vez presentía los rostros que aún no quería conocer. Mi corazón se estable a su ritmo natural. Mi alma vuelve a ocultarse en su oscuro lugar. He tomado un vaso con agua. He despertado.






