jueves, 9 de abril de 2009

LA SIERRA LIMEÑA QUE ENCANTA




Dichosa soledad, monte sagrado,
Sosegada mansión de la grandeza:
En ti vivo gustoso y descuidado;
Aquí me sirves con mayor riqueza…
Torres Villarroel


Vivir en Lima metropolitana
demasiado tiempo hace que nuestra mente, pronto, se sienta atiborrada y evoque sólo lugares en la que construcciones artificiales, paneles publicitarios, el moho de los autos predominen sobre la espontaneidad del verdor de los campos y los cielos azules.

Esta sensación de espanto se pudo mostrar por la mayoría de los más de sesenta estudiantes de Derecho de una universidad nacional capitalita.

La idea de salir de esta Lima (la horrible, como la llamaría Salazar Bondy) era para muchos reconfortante. Aunque la intención era conocer los lugares recónditos de la ciudad capital, también era poner a prueba el adagio popular que reza “no se ama el Perú sino se conoce”. Y vaya que calzaría a la perfección el dicho en este viaje.

Rumbo a Canta y Obrajillo
7 y 30 de la mañana, las incomodidades y reacciones no se hicieron esperar y los estudiantes las hicieron saber ya que la hora de partida hacia Canta y Obrajillo, ubicada al norte de la ciudad de Lima, había sido consignada para las seis de mañana.

Sobre esta situación las frases peruanísimas (como “hora cabana”, “se dice una hora pero se parte una hora después”, “no se partirá a la hora fijada, es clásico en el Perú”, “la hora con demora”) no se hicieron esperar. De esta manera, se ponía en el tapete la impuntualidad arraigada en nuestra identidad por más campaña que se haga por el gobierno actual.

Luego del impasse con el tiempo, el movimiento del motor del bus que nos hacía temblar de cuerpo entero nos presagiaba la pronta partida desde la avenida Nicolás de Piérola (ex La Colmena). Lugar donde está ubicada la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Federico Villarreal.

Desde la partida, las voces chillonas de los jóvenes estudiantes comenzaron a sentirse mostrando su espíritu desordenado y, de una manera, aplacaban el estruendo de las bocinas desesperantes de las combis y micros que circulaban a largo de la avenida Túpac Amaru. Habíamos elegido esta autopista para insertarnos en la sierra limeña. Era la más recomendada.

Asimismo, el imponente esfuerzo que hacían las voces de las profesionales de Turismo ayudaban, cada cierto tiempo, a olvidarnos del bullicio y a conocer un poco más de la historia de los distritos que salían al paso a esta vía, considerada una de las más importantes de la ciudad capital.

Ellas trataban de que la información llegara a cada uno de los estudiantes que no hacían más que brindarles escasa atención. Uno que otro lanzaba una pregunta que más por querer conocer y saber, lo hacía o por incomodar a las jovencitas o por querer lucirse ante el auditorio andante.

Nuestro recorrido, según nos informaban, constaría de tres paradas a lo largo del recorrido hasta llegar a Obrajillo.

Caballero, perdiste
Aunque el fulgor del Sol no se percibía, la hacienda Caballero parecía que nos esperaba con ansias para denunciar su estado de abandono.

Contrafuertes sostienen a esta casa arquitectónica. “Este edificio es uno de los mejores ejemplos de casa-hacienda del valle del río Chillón”, informaban las profesionales de Turismo. “Debido al poder económico de sus propietarios se construyó una casa señorial en una zona propicia para dominar con la vista toda la propiedad de la hacienda”, agregaron.

Este edificio está construido al borde del camino a Canta, pegado a un cerro, el cual fue aprovechado por su pendiente para la construcción de los muros de contención apoyados en contrafuertes. La casa se divide en dos sectores. La primera es la residencia misma que adyacente a ella está una capilla familiar; en el segundo nivel tiene diversas habitaciones como la sala, los dormitorios y servicios.

En su tiempo, esta casa-hacienda fue la más resaltante. Hoy, ese galardón es desestimado por nosotros. A pesar de que esta construcción, de más de 2000 m2, fue declarada por nuestro Estado, a través de Instituto Nacional de Cultura, como patrimonio monumental de la nación el 23 de julio de 1980, no es apreciada ni conservaba como tal.

La dejadez de dicha institución compartida con la desvalorización de los moradores ha hecho que este terreno -que forma parte de nuestro pasado histórico- se convierta en un reciclador de basura y refugio de personas de mal vivir.

Petroglifos en Checta
Al igual que en Extremadura (España) y en Toquepala (Perú) hubo hombres que representaron su cosmovisión en las paredes de su refugio, en Checta también los hubo. Los numerosos petroglifos son la prueba fehaciente de ello y se encuentran bajo la atenta mirada del Sol resplandeciente.

El pueblito de Checta está ubicado en el kilómetro 60 de la carretera a Canta a unos 1000 m.s.n.m, antes del pueblo de Santa Rosa de Quives; más señas, a mitad de camino entre Lima y Canta.
Según los estudiosos, los petroglifos que se encuentran aquí forman un conjunto de unas 450 figuras talladas en piedra. Se dice además que fueron descubiertos en 1625 por Pedro Villar Córdoba y se calcula que tienen 1500 años de antigüedad.
Los petroglifos representan animales, mapas astrales, especies de flora, antropomorfos, abstractos geométricos y seres fantásticos.

La santa limeña
Más adelante, el santuario de Santa Rosa de Quives sintió la energía de los futuros abogados. Aunque no fue una monja que vestía el hábito como si lo fuera, igual centenares de creyentes recurren a su casa, convertida hoy en un centro de adoración, todos los 30 de agosto de cada año.

Este monumento es considerado patrimonio histórico-religioso. En la casa que ocupara la santa limeña desde 1596 hasta 1603 se encuentran una iglesia parroquial, la piedra de oración, la ermita y la capilla donde la santa se confirmó en manos de otro santo (Toribio de Mogrovejo) cuando tenía aún 11 años.

El santuario se encuentra ubicado en el distrito del mismo nombre. En el margen izquierdo se puede observar, con mayor notoriedad, la ribera del río Chillón. Los más de 900 metros de altura hacen más apacible el ambiente fresco de la zona.

En Canta y Obrajillo
Luego de visitar el santuario de Rosa continuamos el viaje rumbo a Obrajillo. Las llantas de los buses comenzaron a lidiar nuevamente con el camino áspero y estrecho que nos ayudaba a escapar de las fauces de los inmensos abismos. Había que seguir surcando los caminos circulares y serpentinos.

Por los vidrios se podían apreciar las quebradas, su verdor y su neblina. Abajo, en dirección contraria, las apuradas aguas del río Chillón. El ambiente en el bus era un silencio mineral. Fueron solo unos 20 minutos y ya podíamos divisar las casitas con techos de calaminas.



Llegamos a Canta.

Lo primero que escuchamos era la oferta de las combis para llevarnos rápidamente, en tan solo 15 minutos, hasta Obrajillo. Sin embargo, ya teníamos quien nos llevara.

“Amigos, pueden pasear en caballo”,”de los platos, tenemos trucha a la parrilla”, fueron las primeras voces que se filtraban por las ventanas del bus y que nos daban a conocer que ya estábamos pisando tierra de Obrajillo.

Efectivamente, ya estábamos ahí. Era el lugar preciso, primero, para alimentarnos después de un largo recorrido por las cumbres de la sierra limeña. Además, el paisaje se prestaba para poder alimentarnos y poder apreciar con tranquilidad el brillo abrasador del Sol, los cerros con su imponencia, las aguas cristalinas y heladas del río. Por nuestros cuerpos corría un aire fresco.

Todo listo para degustar las truchas de Obrajillo.

Sí, efectivamente, ahora no es necesario ir hasta Ingenio (Huancayo) para deleitarnos con exquisitas truchas. En este pueblito encantador y acogedor también las hay y deliciosas.

Sus pobladores están localizados en el kilómetro104 al este de Lima capital a unos 2800 msnm. Las cataratas son bien apreciadas por los visitantes al lugar. Aunque en Obrajillo ya se puede apreciar la “modernidad” aún sus atractivos coloniales abundan. Los balcones y las casas virreinales aún se imponen.

Cinco de la tarde y los rayos del Sol se hacía cada vez menos perceptibles, el aire se sentía más denso y las campiñas se quedaban nuevamente sin la presencia humana para seguir conservando su beldad.

El tiempo quedó corto para seguir deleitándonos con el apacible, acogedor y extraordinario ambiente de Obrajillo y Canta.

Era señal de que debíamos regresar.

El bullicio de Lima capital nos esperaba nuevamente. Pero en cada uno de nuestros rostros se percibía el optimismo de regresar y seguir en la lucha ardua por un bienestar. Bienestar que nos permita tener muy en cuenta que existen pueblitos que encantan.

Los buses ya están en marcha y los abismo, camuflados por la neblina, se aprestan para acogernos en cualquier momento cuando el descuido del conductor se haga notorio.

sábado, 4 de abril de 2009

¿UNA SENTENCIA ANUNCIADA?

· Luego de 16 meses y 150 audiencias
· El ex jefe de Estado peruano, Alberto Fujimori Fujimori, fue extraditado de Chile un 21 de setiembre del 2007. Desde diciembre del mismo año se inició el denominado megajuicio.

Luego del último alegato de autodefensa del procesado ex presidente de la República Alberto Fujimori, dado el pasado viernes, sus incondicionales comenzaron a recargar sus armas apuntando en contra del anuncio de la lectura de sentencia para el martes 7 de abril. La mención realizada por el vocal supremo César San Martín, presidente de la Sala Penal Especial de la Corte Suprema, fue calificada por los fujimoristas como muy apresurada y dejaron entrever que era una sentencia anunciada.

“En un solo día van a analizar los argumentos que se presentaron durante 15 meses (…) Me parece absurdo. Creo que esto es el anuncio de una sentencia acusatoria en contra de Alberto Fujimori”, expresó la congresista e hija del procesado, Keiko Fujimori.


Sin embargo, la Corte Suprema salió al frente asegurando, a través de un comunicado, que la lectura se encuentra enmarcada dentro del actual artículo 279 del Código de Procedimientos Penales. En dicha norma se precisa que “la sentencia debe dictarse, a más tardar, dentro de los cinco días posteriores al cierre del debate, bajo sanción de nulidad”.

El mismo documento informó que el tribunal se encuentra en sesión permanente revisando y analizando el conjunto de las pruebas, alegaciones de las partes, así como la autodefensa del acusado, contrastando toda la información recibida.

“Los magistrados han venido examinando la información de este caso desde la primera sesión de audiencia. Su labor no culminaba con la suspensión de cada plenaria, sino que continuaba con la revisión específica de lo acontecido y tratado en ella”.

En los primeros minutos de su declaración, el ex Presidente rechazó las acusaciones de la parte civil y la fiscalía y dijo que los testigos y documentos presentados en su contra no demuestran su participación en los delitos por los que se le acusa.

“No me queda la menor duda que en lugar de estar probada mi culpabilidad, está probada hasta la saciedad la inconsistencia de sus acusaciones. La fiscalía y la parte civil me acusa, y sostiene que para esta acusación hay 90 testigos, 500 documentos, 20 audiovisuales, pero en ninguno de ellos se demuestra mi participación en los delitos, ni sustenta las razones ni las motivaciones que habría tenido para cometerlos”, enfatizó Fujimori.

A pocas horas de que Fujimori Fujimori termine su autodefensa ante la Sala Penal Especial que lo juzga, los abogados de la parte civil, estimaron que existen suficientes evidencias para que el procesado ex mandatario, sea finalmente condenado.

“Al inicio del proceso –diciembre del 2007– había una determinada cantidad de pruebas que eran suficiente para llevarlo a juicio, en estos 15 meses hemos constatado que hay muchas más pruebas aportadas por la parte civil, la fiscalía y diría que algunas por (César) Nakazaki que sirven para la condena de Alberto Fujimori”, indicó el abogado de la parte civil, Carlos Rivera.

Frente a ello, Fujimori Fujimori -a quien se le procesa por los presuntos delitos de homicidio calificado, lesiones graves y secuestro- seguiría, en la última audiencia, descalificando el juicio por falta de pruebas. “¿Y dónde está la prueba, señor fiscal? No hay ni una sola”, expresaría.

Las opiniones y especulaciones se están mostrando y seguirán apareciendo, unos a favor y otros en contra del fallo que pronuncie la Sala Penal Especial; sin embargo, los que tendrán la última palabra son los vocales supremos integrantes de ésta. Es decir, de los doctores César San Martín Castro, Víctor Prado Saldarriaga y Hugo Príncipe Trujillo. Este martes desde las 9 am, ellos revelaran al pueblo peruano y a la comunidad internacional los motivos del resultado del denominado megajuicio.

jueves, 2 de abril de 2009

CORAZÓN HERIDO PERO BATALLADOR

Esperaba con mucha intranquilidad las 4 de la tarde. Luego de dos horas, me imaginaba saltando de emoción, de algarabía por un triunfo aliancista. Sin embargo, otra sería la actitud luego de haber transcurrido ese lapso. Solo albergaría en mí, desazón y rabia. “Hicieron todo en la cancha, pero les faltó meter el balón en el arco contrario”, les decía a mis familiares para defenderme de sus burlas y críticas. No era para menos. Fueron testigos de lo que hice para ver el clásico peruano número 322, aunque sea por televisión.


Luego de las seis de la tarde, aún con la sensación calurosa, mi corazón sangraba azul luego del punzón que los de Universitario ejecutaron. Fue una acción desafiante, dañina y burlesca de los dirigidos por el novel entrenador Juan Máximo Reynoso. Era como si alguien entrara a tu casa y se llevara lo más preciado, en presencia tuya.


Corrían las primeras horas del domingo 22 de marzo. Desde hacía una semana los comentaristas deportivos desempolvaban su mejor artillería para disparar al enemigo. Los diarios presentaban sus mejores crónicas en torno al choque de los “compadres”. Los jugadores de Alianza Lima y Universitario se volverían a ver las caras. En este tipo de choques la amistad quedaría relegada.
Alianza Lima venía con la moral por los suelos. Venía de perder tres puntos, en su casa, por la quinta fecha del torneo descentralizado. Universitario, por su parte, tenía los ánimos muy elevados. Su viaje por México no fue en vano. Le había arrebatado un punto en los últimos minutos al San Luis mexicano por Copa Libertadores (2 a 2 resultado final).

Pese al desbalance anímico y estadístico, en un clásico, solo valía jugar. Teníamos que aguardar el término del partido porque en un choque como estos, no hay pronóstico que valga.

Desde muy temprano del domingo, mi intranquilidad se elevaba por escuchar el pitazo inicial del señor Víctor Hugo Carrillo, designado para conducir tan vibrante encuentro. 9 y 30 de la mañana y había que revisar el periódico. El suplemento deportivo había que ojearlo instantáneamente y enterarme de lo que escribían los periodistas. Los columnistas resaltaban a la figura, a su parecer, de cada equipo. Las notas informativas daban a conocer los comentarios picantes de los protagonistas.


Ni bien la agujas del reloj indicaron las tres de la tarde, había que partir rumbo al lugar en la que iba apreciar el partido. No me dirigía al estadio Alejandro Villanueva. No. Había que viajar cerca de una hora hacia la casa de un familiar para poder ver el partido desde una tv.


Cuando bajé del bus eran ya las 4. Había que caminar cuatro interminables cuadras para llegar y posarme frente al aparato. El sol me irradiaba fuertemente sin piedad. Tal vez me anunciaba un mal presagio. “El partido ya comenzó, maldición”, me decía, “maldito carro que venía parando a cada instante”. Necesitaba estar frente al televisor minutos antes del inicio del choque. Sólo así podía sentirme más hincha que nunca sin estar presente en el mismo Matute.


Corría por una pista auxiliar. El sol me seguía. El viento trataba de quitarme la gorra. Trataba de cuidarme de que algún canino saliera a mi encuentro. Mi tensión se acrecentaba geométricamente tras cada zancada. Me faltaría el aire a unos metros de llegar, pues, no era para menos (por ver jugar a mi equipo) había corrido como si fuese a ganar una medalla olímpica.


Tocaba brusca y rápidamente la puerta. El comentarista describía el ambiente que se vivía en el estadio. La emoción de los hinchas que alentaban a su equipo en el escenario se hacía sentir tras la puerta. En el ambiente pequeño se encontraban tres familiares. Me senté en el sofá. No me importó ensuciarlo con el sudor que produje. Jadeaba. Por suerte, la única mujer que se encontraba viendo el partido, se compadeció de mí y me alcanzó un vaso con agua.


El partido se inició. A decir de los sabedores de este deporte, el orden y la emoción se pusieron en marcha con la finalidad de ganar. El equipo aliancista, dirigido por el argentino Gustavo Costas trataba de gobernar el juego con ritmo, actividad, intensidad y atrevimiento. Eso no le bastó.
Por su parte, Universitario fiel al estilo de Reynoso, se mostraba esquemático. Muy defensivo. Esperaba que los “íntimos” hicieran el desgaste para contragolpearlos y “matarlos”.


Mi expectativa, deseos y ganas por ver el gol aliancista hacían que tras cada jugada de peligro gritara hasta quedarme sin voz. El sofá luego de este partido nunca más querrá acogerme. Saltaba, me paraba, me sentaba bruscamente sobre él; le tiraba sus cojines. Todo por ver un gol del equipo de mis amores.


El sofá sí que me odiaría luego de ver cómo Wilmer Aguirre se perdió el gol. El gol, tal vez, de la victoria y para La Victoria. Sobre la media hora inicial, un excelente pase de taco de Montaño y Aguirre, solo, solito frente al arquero. Y nada. Aplausos para el arquerito y pifias y mentadas de madre para el Zorrito. Más adelante, esta oportunidad jamás se le volvería a presentar a los locales. El 0-0 se mantendría hasta la media hora del segundo tiempo; cuando, luego del centro de Nolberto Solano, un defensa llamado John Galiquio metiera su cabeza y mandara el balón al extremo izquierdo del arco aliancista.


La tarde se oscureció en el Matute y el cuarto pequeño en el que me encontraba, más que oscuro se volvió sombrío. Quedaban 15 minutos para concluir el encuentro, sin embargo, mi corazón albergaba una esperanza. Esperanza que se fue consumiendo segundo a segundo que pasaba y no se conseguía, al menos, el empate.


Debo reconocer que Universitario jugó un partido inteligente desde lo táctico, pero Alianza fue más desde lo emocional; claro, jugaba en su casa.


Han transcurrido 81 años desde el primer clásico jugado un 23 de setiembre. Aunque con esta nueva derrota (estadísticamente con leve ventaja victoriana), mi fervor por Alianza Lima estará siempre en los siguientes clásicos. Sin duda, esta vez, el orden le ganó al corazón.

Escribe: Víctor Alan Lluen Gamarra